En diálogo con una compañera de curso, Estela Kallay, llegó
de su mano la inquietante idea de que “... de algún modo, las computadoras se
vinculan con nuestras almas y sueños”. Esto me dejó maquinando sobre cómo la vivencia de nuestros cuerpos se iba
transformando en esta sociedad que varios cientistas sociales llaman post-corpórea,
en la que la producción cultural implica la adopción de tecnología avanzada
para conocer y comunicarse (Castells, 2002).
¿Qué cuerpos se hacen posibles en este mundo
social? ¿Qué
subjetividades se producen en el ejercicio de las nuevas tecnologías? Tirando de este hilo llegué al concepto de cyborg.
De la mezcla entre humano y máquina, entre
formas de vida orgánicamente humanas y formas de vida ciberfísicas digitales,
dice David Thomas (citado en Escobar, 1995), resultan cyborgs. A esta altura de
la penetración de las tecnologías, ¿quién podría decir que no tiene
extrañamente entretejida alguna máquina en su vida cotidiana? No estoy pensando
solamente en un extremo marcapasos sino en ese celular que usamos como reloj-agenda-despertador-teléfono-máquina
de fotos o esa netbook que es el mejor cuaderno que supimos conseguir.
Ante la pregunta de si hay una abolición de lo corporal en las nuevas relaciones sociales mediadas por
las tecnologías, Le Breton (http://elpsicoanalistalector.blogspot.com.ar/2009/06/entrevista-david-le-breton-la-unica.html) plantea que hay una multiplicación de imaginarios.
Conviven la voluntad de cambiar el cuerpo, la de escaparse del cuerpo –dimensión
transhumana donde ubica al cyborg- y la idea de que somos solamente la
información que contenemos y que, si pudiésemos transferirla a una máquina, pasaríamos
a ser la máquina. Y concluye: “…por suerte, estamos lejos de la realización de
estos imaginarios, porque todo el sabor del mundo pasa por el cuerpo, y si
perdemos el cuerpo perdemos todo el sabor del mundo”.
Escobar (http://res.uniandes.edu.co/view.php/322/view.php) sostiene, sin
embargo, que incluso la base orgánica de los cuerpos está siendo producida cada
vez más en conjunción con máquinas. Llama la atención, a su vez, sobre la
mediación de las narrativas científicas en el proceso de producción de sentidos
de vida, de trabajo y de lenguaje. Reconoce el paradigma de la complejidad como
el discurso científico que, desde las dos últimas décadas del siglo XX, instala
la idea del fenómeno de auto-organización generado por sistemas complejos bajo
ciertas condiciones –central en el planteo de la web 2.0 tal como la venimos
conociendo desde los autores que nos acercan los módulos del curso.
En cuanto al
enlace que se me arma con el espacio educativo y el trabajo docente, vuelvo a
pensar en ese espacio áulico físico que se desarma y en una presencia que ya no
se refiere exclusivamente al “encuentro de cuerpos”. Hay otras formas de estar
que cobran valor. Por ejemplo, animarse a generar conocimiento en el intercambio
colectivo de información, ejerciendo la capacidad crítica que la sociedad del
conocimiento supone en sus ciudadanos protagonistas (http://es.wikipedia.org/wiki/Sociedad_de_la_informaci%C3%B3n_y_del_conocimiento).
Me parece
que nuestro trabajo también implica acompañar en el ejercicio de esta
ciudadanía –que pone en tensión fronteras de todo tipo- para no repetir sujetos
consumidores sino favorecer la auto-creación de sujetos creativos. Alfabetizar
en creatividad, diría Sir Ken Robinson. Aprender-enseñar-ejercer la actitud web
2.0, diría O´Reilly.
Deleuze y
Guattari (1980), representantes de lo que Escobar llama paradigma de la
complejidad en las ciencias sociales, describen
procesos maquínicos,
estratificaciones y territorializaciones que devienen en las estructuras que
conocemos.
Comparto el
primer párrafo de la introducción de su libro “Mil mesetas”, en el que cuentan cómo lo hicieron. ¿No tiene sabor a
colaborativo 2.0?
“Hemos escrito el Antiedipo entre dos. Como sea que cada uno de nosotros era varios, eso redundaba ya en mucha gente. Aquí nos hemos valido de todo cuanto podía acercarnos, lo más próximo y lo más lejano. Hemos distribuido hábiles seudónimos a fin de hacer el trabajo irreconocible. ¿Por qué hemos conservado nuestros nombres? Por costumbre, sólo por costumbre. Para volvernos irreconocibles a nuestra vez. No para volvernos imperceptibles nosotros mismos, sino aquello que nos hace actuar, sentir o pensar. Y, luego, porque es muy grato hablar como todo el mundo; decir ha salido el sol, cuando la generalidad de las personas sabe que es un modo de hablar. No llegar al extremo en que ya no se dice yo, sino al extremo en el que decir yo no tiene ya importancia alguna. Ya no somos nosotros mismos. Cada quien conocerá a los suyos. Hemos sido ayudados, absorbidos, multiplicados.”
Deleuze & Guattari
Rizoma, Mil mesetas